Testimonio de caso de éxito. Afectada recuperada de TOC Relacional con terapia online desde México. ROCD.
Hola, me toca escribir el testimonio a mi!!
Nunca pensé que me tocaría escribir este testimonio. Tengo 27 años y, si algo me hubiera gustado escuchar cuando tenía 17, es que sí hay salida.
Mi historia con el TOC empezó cuando tenía aproximadamente 17 años. De un momento a otro empecé a tener dudas obsesivas relacionadas con mi orientación sexual. Venía de una relación importante para mí y, de repente, pum, empezaron a aparecer dudas sobre mi sexualidad que parecían llegar de la nada y no se detenían. Mi mente parecía haber entrado en un ciclo constante de preguntas, análisis y cuestionamientos que no podía apagar.
Intenté buscar ayuda y acudí a terapia porque genuinamente quería entender qué me estaba pasando, pero en ese momento no encontré las herramientas que necesitaba y seguía sintiéndome igual de confundida. Además, era un tema que me avergonzaba muchísimo. Me costaba hablar de ello, pedir ayuda y explicar lo que estaba viviendo porque ni siquiera yo lograba entender por qué esas dudas ocupaban tanto espacio en mi cabeza.
Durante casi dos años viví así sin saber que estaba experimentando TOC. Pasaba gran parte del día intentando entender lo que me ocurría, buscando respuestas, analizando pensamientos y tratando de llegar a una certeza que nunca llegaba. Entre más intentaba resolver las dudas, peor me sentía.
En esa misma época también estaba viviendo otros cambios importantes en mi vida y recuerdo sentirme muy sola. Me dormía llorando y muchas veces me despertaba igual. Me costaba trabajo concentrarme, disfrutar las cosas y entender por qué estaba sufriendo tanto.
No puedo entrar en muchos detalles sobre el contenido de mis obsesiones, pero cuando te digo que la pasaba mal, LA PASABA MUY MUY MAL. Lloraba constantemente, me sentía atrapada dentro de mi propia cabeza y había días en los que simplemente no entendía cómo seguir adelante.
La obsesión y el malestar llegaron a ser tan intensos que, sin darme cuenta, empecé a llenar mi vida de compulsiones y evitaciones. Pasaba gran parte del tiempo intentando sentirme mejor, encontrar respuestas o alejarme de cualquier cosa que pudiera disparar nuevamente mis dudas (en ese momento no tenía ni idea que eran evitaciones y compulsiones, seguramente tu tampoco). En ese momento no tenía idea de que eso tenía un nombre ni de que, sin querer, estaba alimentando el mismo ciclo que me mantenía atrapada.
Con el tiempo encontré información sobre el TOC y fue la primera vez que sentí que alguien estaba describiendo exactamente lo que me estaba pasando. Recuerdo haber llorado de alivio porque después de años de sentirme incomprendida, sin poder platicarlo con nadie, por fin había encontrado una explicación que me hacia sentido.
Fue entonces cuando decidí hablar con mi mamá. Hasta ese momento me había costado muchísimo expresar lo que estaba viviendo porque ni siquiera yo entendía qué me pasaba. Afortunadamente me acompañó a buscar ayuda profesional y así comenzó mi camino en terapia.
Los siguientes años estuvieron llenos de aprendizaje. Distintos terapeutas me ayudaron a entender mejor mi historia, mi forma de pensar y muchas situaciones que estaba atravesando en ese momento. Pude trabajar el duelo de una relación que había sido muy importante para mí, entender mejor la ansiedad, atravesar problemas familiares y seguir conociéndome.
Durante una etapa importante sentí que estaba recuperando gran parte de mi vida y volviendo a ser yo. Empecé a sentirme más tranquila, más segura y con una mejor comprensión de lo que ocurría dentro de mi cabeza, en ese entonces iba a las terapias tradicionales conductiva conductual para ser exacta, había escuchado de las EPR para el toc, pero nunca me exponian de verdad en las terapias, solo hablabamos y demás.
Sin embargo, años después el TOC regresó. Y ahí aprendí una de las lecciones más importantes de todo este proceso: el TOC puede cambiar de tema, pero sigue siendo el mismo trastorno.
Para ese momento mi vida era muy distinta. Había trabajado mucho en mí, entendía mejor la ansiedad, me sentía más segura y estaba haciendo cosas que años antes parecían imposibles. Incluso tuve la oportunidad de vivir fuera de mi país durante un tiempo, conocer gente nueva, volver a salir con hombres, volver a enamorarme y sentir que poco a poco estaba recuperando la vida que durante tanto tiempo había sentido limitada por el miedo.
Por eso nunca imaginé que el TOC regresaría.
Esta vez apareció dentro de una relación muy importante para mí. Al principio no entendía qué estaba pasando. Empecé a tener dudas constantes, ansiedad, necesidad de analizar cada emoción, buscar certezas y cuestionar cosas que antes me parecían naturales. Lo más difícil era que, igual que la primera vez, no lograba distinguir qué era una preocupación normal y qué era el TOC.
Al igual que años antes, empecé a buscar respuestas por todos lados. Pasaba horas investigando, leyendo y tratando de entender qué me estaba pasando. Fue justamente en esa búsqueda constante cuando encontré información sobre TOC relacional y, por segunda vez en mi vida, sentí que alguien estaba describiendo exactamente lo que yo estaba viviendo.
Aun así, la crisis siguió escalando. En ese momento todavía no tenía las herramientas necesarias para identificar lo que estaba ocurriendo y terminé entrando en una de las etapas más difíciles de mi vida.
La situación llegó a afectar profundamente una relación que significaba mucho para mí.
La consecuencia de perder esa relación fue muy alta para mí.
Con el tiempo entendí algo que me costó años procesar: no terminé esa relación porque no hubiera amor. La terminé en medio de una crisis de TOC que no sabía identificar ni manejar. En ese momento no podía distinguir entre mis obsesiones, mis miedos y lo que realmente quería.
Aunque fue una etapa extremadamente dolorosa, también fue lo que finalmente me llevó a buscar ayuda especializada en TOC.
Después de esa crisis decidí buscar ayuda especializada. Si soy completamente honesta, no estaba buscando una nueva terapia con ilusión. Estaba muy sola, muy triste, muy enojada y profundamente perdida.
Pero la consecuencia de perder esa relación había sido tan alta para mí que sentí que no tenía otra opción más que intentarlo. Ya no lo estaba haciendo solamente por esa pérdida, sino por mí, por mi futuro y por mi bienestar.
Además, me di cuenta de algo que me daba mucho miedo: durante años mi mamá había sido una de las pocas personas que realmente lograban comprender lo que estaba viviendo. Pero ella en está ocasión no supo ayudarme y no iba a estar siempre para sostenerme. Y yo necesitaba encontrar una forma de sostenerme sola.
Fue así como llegué a la terapia de Exposición con Prevención de Respuesta (EPR).
Y sé que esta parte de mi historia es probablemente la más importante, porque yo estuve ahí. Yo estuve muy mal.
Recuerdo llegar a mi primera sesión hecha un mar de lágrimas. Pensaba que iba a pasar una hora explicando todo lo que me había sucedido, buscando respuestas y tratando de entender qué había salido mal.
No fue así.
Por primera vez me encontré con una terapia completamente diferente a todo lo que había conocido. Mientras yo quería contar una historia larguísima sobre lo que me estaba pasando, me hacían preguntas concretas. ¿Cuál es tu síntoma? ¿Qué compulsiones estás haciendo? ¿Qué evitaciones estás teniendo?
Y después vino algo que nunca había hecho en mi vida: exponerme.
No voy a mentir. Fue de las cosas más difíciles que he hecho.
Hubo momentos en los que pensé en abandonar. Hubo días en los que sentía muchísimo dolor. Me sentía sola, estaba atravesando un duelo importante y además estaba aprendiendo una forma completamente nueva de relacionarme con mi mente.
Muchas veces sentí que estaba haciendo una especie de “quimioterapia mental”. Era incómodo, agotador y había momentos en los que parecía que todo empeoraba antes de mejorar. Pero seguí.
Porque por primera vez entendí algo que nadie me había enseñado antes: el objetivo no era sentirme mejor inmediatamente. El objetivo era aprender a dejar de alimentar el TOC.
Si soy completamente honesta, fue probablemente el peor año de mi vida.
Casi no salía. Dejé de ver a mucha gente. Me aislé muchísimo. Tenía exposiciones prácticamente todos los días y sentía muchísimo dolor. Estaba aprendiendo algo completamente nuevo mientras atravesaba un duelo enorme y trataba de reconstruirme al mismo tiempo.
Recuerdo que en mi cumpleaños terminé llorando durante horas en el pasto de mi club. Nunca había sentido tanta tristeza, tanta incertidumbre y tanto miedo juntos.
a los 4 meses de empezar mi terapia me cambiaron con Mariela.
Y si soy completamente honesta, al principio la odiaba un poquito. (ahorita te amo y te agradezco profudamente en mi vida)
No porque ella hiciera algo mal, sino porque yo seguía teniendo muchísimo dolor y estaba agotada emocionalmente. Quería respuestas, quería sentirme mejor y quería que el dolor desapareciera. Y Mariela seguía regresándome al trabajo, a las exposiciones y al proceso.
Hubo momentos en los que dudé de la terapia, del proceso y de mí misma.
Pero recuerdo perfectamente una vez que me dijo:
“Necesito que confíes en mí.”
Y llegó un punto en el que decidí hacerlo. No porque estuviera convencida de que iba a funcionar, sino porque sentía que ya no tenía otra opción. Así que decidí soltar, confiar en ella y ponerme a trabajar.
Y qué bueno que lo hice.
Siempre voy a estar eternamente agradecida con Mariela y con todo el equipo porque me ayudaron a atravesar uno de los momentos más difíciles de mi vida.
Poco a poco fui recuperando cosas que sentía perdidas: mi tranquilidad, mi enfoque, mi confianza y mi capacidad de disfrutar la vida sin estar constantemente atrapada en mis pensamientos.
Hoy sigo teniendo días mejores que otros. No soy perfecta y mi vida tampoco lo es. Pero ya no vivo como vivía antes.
Me siento más fuerte. Más segura. Más libre. La EPR no me enseñó a eliminar todas mis dudas. Me enseñó a dejar de vivir dominada por ellas.
Y algo muy importante: después de esa relación volví a abrirme al amor. Tuve la oportunidad de conocer a alguien más y fue ahí donde me di cuenta de cuánto había cambiado.
Por primera vez pude identificar mucho mejor cuándo estaba apareciendo el TOC y cuándo estaba tomando decisiones desde mis valores, mis emociones reales y la realidad que tenía enfrente. (te cuento esto para que entiendas el contexto de donde estoy parada hoy, porque honestamente es información irrelevante)
No fue una relación perfecta ni terminó como yo esperaba, pero me demostró algo muy importante: ya no estaba viviendo de la misma manera.
Hoy sé que si vuelvo a tener una crisis o si el TOC intenta regresar con otra temática, tengo herramientas para atravesarlo y gente especializada que me podrá acompañar en el camino. Pero no hay que adelantarnos a cosas que no están.
Si estás leyendo esto, seguro estás pasando por algo parecido, quiero que sepas que te entiendo.
Te cuento mi historia desde el lugar más humano, humilde y honesto posible porque yo también estuve ahí. También dudé. También pensé que otra terapia no iba a hacer diferencia. También leí testimonios preguntándome si de verdad funcionaría.
Y aquí estoy, 2 años después, escribiendo el mío.
Por favor, no te rindas.
Si hoy no puedes confiar en el proceso, confía en ti.
Y si hoy te cuesta confiar en ti, confía en alguien que ya recorrió este camino antes que tú.
Confía en mí.
Y si decides empezar este proceso, confía en Mariela o el equipo. De verdad.
Yo también llegué llena de dudas, de miedo, de resistencia y pensando que nada iba a funcionar.
Y hoy puedo decir que fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.
Probablemente nunca nos conozcamos.
Pero si estás leyendo esto, quiero que sepas algo:
Te quiero.
Porque sé el dolor que puedes estar sintiendo en este momento.
Sé lo solo que uno puede sentirse.
Y sé lo desesperante que es pensar que nadie entiende lo que está pasando dentro de tu cabeza.
Por eso te lo digo de corazón:
No estás solo.
Las cosas pueden mejorar.
Confía en Dios.
Échale muchas ganas.
Y nunca olvides algo que a mí me tomó años entender:
No todo es TOC!
No todo es TOC!
Hay mucho más en ti que este trastorno.
Muchísimo más.
Vas a estar bien.
Te mando un abrazo enorme.
